El Monasterio

El Monasterio

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—Entonces, me sentaré en el sillón de vuestra madre y allí pasaré la noche.

Y bajando la escalera oyó a Eduardo que cerraba con precaución la puerta del aposento que ya estaba vacío.

Al llegar al piso bajo, Mysie encontró a sir Piercie esperando sus instrucciones. La joven le recomendó el mayor silencio, y, por primera vez en su vida, el inglés pareció dispuesto a dejar de hablar.

Luego lo condujo con grandes precauciones al cuarto obscuro que servía para guardar la leña, aconsejándole que se ocultara y que esperase con paciencia su regreso.

Adoptadas todas estas precauciones se dirigió a la sala grande, y, no queriendo que la vieran inactiva, cogió una rueca y se puso a hilar.

De vez en cuando, Mysie asomábase a la ventana espiando la aparición de los primeros rayos de la aurora, cuya claridad era necesaria para completar la ejecución de su proyecto.

Cuando descubrió hacia el oriente una débil claridad, juntó las manos, se arrodilló para dar gracias a Dios e impetrar la protección de la Virgen.

De pronto Mysie se quedó aterrada al sentir que la tocaban en el hombro y oír una voz áspera que le decía:


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