El Monasterio

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—Ya nos veremos —añadió—; pero no lloréis más, amable molinera, si me amáis.

El caballero había dicho esto sin darle importancia alguna; pero estas palabras tuvieron la virtud de secar las lágrimas de Mysie, y, cuando Piercie se inclinó cortésmente para darle un beso de despedida, ella se levantó para recibirlo en una actitud más respetuosa.

Sir Piercie montó de nuevo sobre su caballo y reanudó la marcha; pero, apenas hubo andado algunos pasos, se volvió y vio a la hija del molinero apoyada en el tronco del árbol, a cuyo lado la había dejado, inmóvil, con los ojos fijos en él y conservando la cadena suspendida de su mano, sin advertir que la tenía.

Entonces, y solo entonces, el caballero concibió grandes sospechas acerca del estado del corazón de Mysie y de los motivos que la habían impulsado a ponerlo en libertad. Los galanes de aquella época, desinteresados, nobles y dotados de un alma elevada, no pensaban todavía en degradarse a sí mismos privando a las beldades rústicas de su inocencia y de su virtud.

El vanidoso sir Piercie, flor de las justas de la corte de Inglaterra, no sospechaba que sus gracias y afectado lenguaje hubieran conquistado el corazón de Mysie, como la dama que ocupa uno de los mejores palcos en la Ópera no puede adivinar el estrago que ocasionan sus encantos en el corazón de un escribano modestamente sentado en la platea.


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