El Monasterio
El Monasterio Sir Piercoe volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo al lado de la gentil molinera.
La modestia y timidez de Mysie no le impidieron dar muestras de regocijo al verle volver; pero una chispa de alegrÃa que brilló en sus ojos a través de sus lágrimas, y una caricia que por un movimiento instintivo hizo al caballo la traicionaron.
—¿Qué más puedo hacer por vos, tierna molinera? —preguntó sir Piercie Shafton, titubeando y ruborizándose; pues, digámoslo para gloria del siglo de la reina Isabel, los cortesanos llevaban más acero sobre su pecho que bronce en sus caras, y, a pesar de sus vanidades, conservaban aún la llama agonizante de la antigua caballerosidad que habÃa inspirado antaño el amable caballero de Chaucer.
Mysie se sonrojó y bajó la vista, y sir Piercie se mantuvo indeciso.
—¿Acaso teméis volver sola a vuestra casa? ¿Queréis que os acompañe?
—¡Ay! —contestó, perdiendo las rosas bermejas que adornaban sus mejillas un momento antes—. No puedo volver a ella.
—¡Cómo! ¿Que no tenéis casa? —exclamó Shafton —. ¿Que no tenéis casa, decÃs, cuando ahà enfrente está la de vuestro padre , y solo nos separa de ella ese liquido cristal?