El Monasterio

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—No tengo ya padre ni casa. Mi padre es fiel servidor de la abadía, y, como he ofendido al abad, mi padre me mataría si me presentara ante él.

—¡No se atrevería! Si alguien toca a un solo cabello de vuestra cabeza, las tropas de mi primo el conde de Northumberland arrasarán el monasterio. Recobrad, pues, valor, bella Mysie, y recordad que os está obligado un hombre que sabrá protegeros contra cualquier insulto.

Y, apeándose, le cogió la mano y se la estrechó dulcemente sin que ella opusiera la menor resistencia. ¡Pobre caballero! Dos grandes ojos negros lo miraban de un modo tal que un hombre menos convencido de su mérito no habría podido equivocarse; y él no podía ver sin emoción aquellos ojos tiernos, aquellas mejillas, a las que un rayo de esperanza acababa de devolver sus colores, y aquellos labios semejantes a dos capullos de rosas, que dejaban ver dos hileras de perlas del oriente más puro. Sir Piercie Shafton, después de ofrecer nuevamente, pero con menos insistencia, a la bella Mysie llevarla a su casa, concluyó por proponerle que lo siguiera.

—Al menos —decía— hasta que pueda dejaros en un sitio donde no corráis el menor peligro.


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