El Monasterio

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disfrazada de plebeya,

se había dignado ampararle».

Además, no se le ocultaba que todas estas atenciones eran más el resultado de la costumbre que inspiradas por el amor; y cuando pensaba en ello, sir Piercie dejaba oír los requerimientos del amor que la joven empezaba a inspirarle.

Esto no obstante, el caballero invitó a la joven a sentarse a la mesa en su compañía, esperando que aceptara con timidez, pero con gratitud, por lo que le sorprendió que rehusara respetuosa pero firmemente la distinción que se dignaba otorgarle.

Mysie salió de la habitación, y el caballero intentó distraerse bebiendo algunas copas de vino y canturriando algunas canciones de Sidney; pero ni las libaciones ni los versos del gran poeta pudieron hacerle olvidar a la amable molinera. Felizmente, las costumbres de la época estaban de acuerdo con su generosidad, y hubiera creído pecar mortalmente contra la galantería, la caballerosidad y la moral, recompensar los servicios que había recibido de la pobre muchacha abusando de las ventajas que le daba la confianza puesta en él. Sin embargo, como era fatuo y cortesano, temía exponerse al ridículo viajando con la hija de un molinero, lo que provocaría sin duda algunas sospechas poco honrosas para ambos, y las burlas nada halagüeñas.


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