El Monasterio
El Monasterio —¿A dónde se ha dirigido? —repitió el posadero mirándolo con sorpresa—. A casa de su padre, sin duda. Se ha marchado después de dar orden de que ensillaran el caballo de vuestro honor, y después de haberlo visto comer su pienso. Hubiera podido fiarse de mÃ, pero los molineros creen que los demás son tan ladrones como ellos. Quizá se encuentre ya a tres millas de aquÃ.
—¡Se ha marchado! —pensó el caballero, paseando por la habitación—. ¡Se ha marchado! Mejor, pues mi compañÃa podÃa perjudicar su reputación y la mÃa. Tal vez esté riéndose con algún rústico a quien haya encontrado en el camino, y mi rica cadena le sirva de dote. ¿Acaso no es justo? Aunque la cadena valiera diez veces más, ¿no la ha merecido? Piercie Shafton, ¿estás pesaroso de haber hecho a tu libertadora un regalo que ha pagado muy caro? ¿Es que el aire de este clima septentrional ha ajado la flor de tu generosidad? Sin embargo, no creÃa que pudiéramos separarnos tan fácilmente. Vamos, no pensemos más en el asunto.
Sir Piercie puso término a su soliloquio y mandó al posadero que condujera su caballo a la puerta, preguntándole cuánto le debÃa.
—No debo mentir —dijo el interpelado después de haber sostenido una lucha con su conciencia—. El gasto está pagado; pero si vuestro honor quiere dar alguna propina…