El Monasterio

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—Sin duda sabía —pensaba al caminar— que ya no la necesitaba para indicarme el camino, y se ha decidido a separarse de una manera tan brusca y tan diferente de lo que yo esperaba; pero debo felicitarme por ello. ¿No pedimos a Dios en nuestras oraciones que nos libre de toda tentación? Lo único que me extraña es que haya cometido un error bastante grave, dada nuestra respectiva situación, pagando mi gasto en la posada. Quisiera verla de nuevo, aunque solo fuera un instante, para explicarle el solecismo de que su inexperiencia la ha hecho culpable.

Cuando sir Piercie llegaba a este punto de sus reflexiones, penetraba en terreno pantanoso, cortado por gran número de pequeñas montañas y cubierto de breñas y de grupos de árboles.

—¡Oh! La ayuda de mi bella Ariadna no sería inútil aquí; voy a meterme en un laberinto donde tendré necesidad de un hilo que me sirva de guía.

Momentos después oyó detrás de él el galope de un caballo. Volvió la cabeza y vio a un joven, jinete sobre un pequeño caballo escocés, de color gris, que no tardó en alcanzarle y pasar a su lado.


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