El Monasterio
El Monasterio El joven iba vestido de campesino, pero casi con elegancia. Llevaba casaca de paño gris; calzón de la misma tela, bordado de lana por todas las costuras; botas de piel de gamuza con hermosas espuelas de plata; ancha capa de paño pardo obscuro, que le subía hasta la barbilla, y gorra de terciopelo negro, adornado con una pluma.
Sir Piercie, a quien no le agradaba viajar solo, y deseaba, además, encontrar un guía, entabló conversación con el joven preguntándole de dónde venía y a dónde se encaminaba.
El joven contestó que se dirigía a Edimburgo con el propósito de entrar al servicio de algún gran señor.
—Más bien parece —repuso el caballero— que os habéis fugado de la casa de vuestro amo, pues no os atrevéis a mirarme de frente.
—Os equivocáis —replicó el joven, levantando los ojos para mirarle, pero volviendo a bajarlos de nuevo.
Esta rápida mirada bastó al caballero para conocer al joven. No podía equivocarse; la expresión de aquellos grandes ojos negros y aquellas mejillas sonrosadas eran indudablemente de la linda molinera Mysinda.