El Monasterio
El Monasterio Satisfechísimo por volver a ver a su compañera, le preguntó cómo se había proporcionado aquel traje, a lo que contestó la joven que lo había pedido prestado a una señora, amiga suya, que vivía en el pueblo que habían dejado atrás, y que aquel era el vestido de los días de fiesta de su hijo, que acababa de ser llamado al servicio del señor feudal.
Mysie había pretextado que iba a una mascarada de aldea, para conseguir que la buena mujer la complaciese en su petición.
—¿Y el caballo, ingeniosa molinera? ¿De dónde habéis sacado ese hermoso palafrén?
—Me lo ha prestado el posadero; es decir, me lo ha cambiado por Ball, que mandará a recoger al parque de Tasker en Cripplecross; pero se verá apurado para encontrarlo.
—Entonces el pobre hombre perderá su caballo, maliciosa molinera, objetó sir Piercie, cuyo respeto a los derechos de propiedad se sublevaba ante aquella manera de adquirir las cosas, más acomodaba a las ideas de la hija de un molinero que vivía en un país de merodeadores, que a los principios de un inglés distinguido.
—Si lo perdiera, no sería él el primero a quien ocurre semejante desgracia en nuestras fronteras; pero no sufriría gran perjuicio porque descontaría el precio del dinero que debe a mi padre.
—En ese caso vuestro padre sufrirá la pérdida.