El Monasterio
El Monasterio —¡No me habléis de mi padre! —exclamó Mysie con manifiesto mal humor; y, cambiando de tono, añadió esforzándose por contener las lágrimas que estaban a punto de brotar de sus ojos—: ¡Mi padre ha perdido hoy lo que estimaba más que todas las riquezas de la tierra!
Impresionado al oÃr esto, sir Piercie creyó deber, por su honor y su conciencia, reconvenir a la angustiada molinera, a quien aconsejó que volviera a casa de su padre para no poner en peligro su reputación con el paso que acababa de dar.
Mysie lo escuchó con la cabeza molinada sobre el pecho, como una persona abismada en sus reflexiones o agobiada por el pesar, y, cuando sir Piercie hubo terminado, le respondió con firmeza: