El Monasterio

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—Si os cansa mi presencia, sir Piercie Shafton, decidlo, y la hija del molinero de Santa María dejará en seguida de molestaros. Aunque vayamos juntos a Edimburgo, no os costaré nada, pues mi orgullo no me permite ser una carga para nadie. Además, no volváis a decirme que regrese a casa de mi padre, pues cuantas reflexiones pudierais hacerme ya me las he hecho yo. No hablemos, pues, más de este asunto. Os he sido de alguna utilidad hasta ahora, y espero tener ocasión de poder prestaros nuevos servicios. No estáis en Inglaterra, donde la justicia es igual para todos; aquí la fuerza supera a la ley, y para defenderse son necesarias la habilidad y la presencia de ánimo. ¡Conozco bien los peligros a que estáis expuesto!

Sir Piercie objetó que le bastaban su brazo y su espada para defenderse.

—No pongo en duda vuestro valor —replicó Mysie tranquilamente—; pero vuestro valor es precisamente lo que puede poneros en peligro.

Sir Piercie guardó silencio; pero creyó que la molinera ocultaba el verdadero motivo que la impulsaba a obrar del modo que lo hacía.

El caballero dirigía de vez en cuando miradas a hurtadillas a su nuevo paje, y quedaba de él muy satisfecho.


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