El Monasterio

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María estuvo bajo una impresión de terror durante todo el tiempo que permaneció en la estancia la Dama Blanca; pero, cuando esta se hubo desvanecido, reflexionó en las misteriosas palabras que acababa de oír, hasta que se quedó dormida.

El grito de «¡Traición! ¡Traición!» dado por Eduardo, la despertó sobresaltada. Temiendo alguna nueva desgracia, se vistió apresuradamente y fue a enterarse de lo que ocurría.

Tibb, que corría de una habitación a otra, y cuyos cabellos blancos en desorden, la asemejaban a una sibila, le dijo que el inglés se había escapado y que la muerte de Alberto no sería vengada.

Los jóvenes que habían ido a la torre impulsados por el deseo de venganza, metían un ruido solo comparable al trueno, y se deshacían en imprecaciones contra los fugitivos, a quienes sentían no poder perseguir, gracias a la precaución que Mysie había tomado de cerrar las puertas, cuyas llaves encontraron mucho tiempo después en un rincón del establo.

El subprior, que había pernoctado en Glendearg, hacía esfuerzos inútiles por imponer silencio; y María, comprendiendo que su presencia no podía ser de ninguna utilidad en aquel tumulto, se retiró de nuevo a su habitación.


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