El Monasterio

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El resto de la familia habíase congregado en la sala grande para celebrar consejo. Eduardo estaba encolerizado, y el subprior aturdido ante el atrevimiento con que Mysie Happer había concebido el plan y la habilidad que había desplegado en su ejecución; pero ni la cólera ni la indignación podían remediar el mal.

Como las puertas estaban bien cerradas, y todas las ventanas guarnecidas de gruesos barrotes de hierro sólidamente sujetos en los muros, la guarnición no podía salir. Subir a la plataforma de la torre era muy fácil; pero era imposible descender al exterior no teniendo cuerdas ni escaleras. Pedir socorro a los vecinos era también inútil, pues las viviendas más próximas distaban algunas millas. En su consecuencia, decidiose romper las puertas, empleando todas las herramientas que podían ser de alguna utilidad.

La puerta interior, que era de madera de roble y muy gruesa resistió tres horas los golpes repetidos que se descargaron sobre ella; pero, al fin, cedió. Faltaba, pues, forzar la de hierro que tres o cuatro horas de rudos esfuerzos no pudieron quebrantar.




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