El Monasterio
El Monasterio Mientras tanto, María Avenel ejecutaba lo que la visión le había indicado. Examinó la tabla y observó que esta no estaba muy firme, por lo que era fácil levantarla, como lo hizo en el acto; pero ¡cuál no sería su sorpresa al encontrar allí el libro negro que recordaba haber visto en las manos de su madre! Apoderose de él con tanta alegría como era compatible con la situación en que se encontraba.
María ignoraba lo que el libro contenía; pero, como su madre le había enseñado a venerarlo desde la infancia, la joven se inundó de júbilo al verse en posesión de él. Probablemente la difunta había aplazado el propósito de iniciarla en los misterios de la palabra divina hasta que María estuviera en estado de comprender las lecciones que encerraba y el peligro que corrían los que las estudiaban; pero la muerte había arrebatado a la señora Avenel antes de que llegaran tiempos más propicios para los reformadores y cuando su hija no estaba aun en edad de aprovechar tan importantes lecciones religiosas. Sin embargo, la excelente señora había preparado la obra que con tanto interés persiguió durante su vida, pues en el libro había hojas manuscritas comparando los diversos pasajes de la Santa Escritura y demostrando los errores y las tergiversaciones con que la iglesia de Roma había degradado y desfigurado el sencillo edificio que Dios había transmitido a los hombres.