El Monasterio
El Monasterio —¡Decid más bien de ciego opresor y de vÃctima abnegada! —rectificó Warden—. Yo también podrÃa exclamar: «¿Qué ha sido de la rica cosecha de esperanzas que prometÃan los conocimientos clásicos, la razón, la penetración de espÃritu y los profundos conocimientos de Guillermo Allan? ¿Ha podido resolverse a vivir en una celda como un abejón, distinguido del resto del enjambre, para la noble misión de descargar las espada vengadora de Roma sobre los que impugnan sus errores?»
—No será a vos ni a ningún otro hombre —contestó el subprior—, a quien daré cuenta del poder de que me ha revestido la Iglesia. Me ha sido confiado para su triunfo y haré uso de él, a pesar de todos los riesgos, sin temor ni parcialidad.
—No esperaba menos de vuestro celo mal encaminado. En mà tenéis la vÃctima sobre quien podéis ejercer sin temor vuestra autoridad, que desafiará mi alma como desafiamos juntos las nieves del Monte Blanco, arrostrando el calor del sol, en nuestra juventud.
—Os creo; creo que vuestra alma no se doblega ante la fuerza, sino que solo cede a la persuasión. Discutamos estas materias del dogma como antaño, ejercitando nuestras facultades intelectuales. Acaso oigáis la voz del pastor y volváis nuevamente al redil.