El Monasterio
El Monasterio —No, Allan; no se trata de cuestiones que puedan discutirse solamente para ejercitar la inteligencia. Los errores que combato son demonios que no pueden ahuyentarse más que por el ayuno y la oración. Vuestra sabidurÃa es una locura que os hace calificar de dementes a los verdaderos sabios.
—Esa es —exclamó el fraile con severidad— la jerga de un entusiasta ignorante que apela a la ciencia y a la autoridad que Dios nos ha concedido por medio de los concilios y padres de la Iglesia; que apela, repito a una interpretación arbitraria e imprudente de las Escrituras acomodadas a la opinión particular de cada hereje.
—Me abstengo de contestar a esa acusación: la cuestión verdadera es saber si seremos juzgados por las Santas Escrituras o por los prejuicios de los hombres, expuestos al error como nosotros, que han desfigurado nuestra santa religión con vanas prácticas, tributando adoración a Ãdolos de piedra y de madera e inventando un purgatorio cuya llave han entregado al Papa, juez inicuo que conmuta las penas a cambio del dinero, como si se tratara de…
—¡Silencio, blasfemo, o haré que os pongan una mordaza!