El Monasterio
El Monasterio —SÃ, la mordaza, el caballete, el hacha del verdugo, he aquà la razón suprema de Roma. Pues sabed, amigo, que la edad no ha cambiado el carácter de vuestro antiguo camarada, que desafÃa, en defensa de la verdad, todos los tormentos que puedan hacerle sufrir.
—¡Oh! No lo dudo, pues siempre fuisteis el león dispuesto a arrojarse sobre el cazador, y no el ciervo a quien el sonido de la trompa de caza pone en fuga.
Y después de una pequeña pausa, el padre Eustaquio continuó:
—Wellwood, no podemos continuar siendo amigos, pues nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra áncora de salvación para el porvenir no son ya los mismos.
—Con dolor profundo os oigo —contestó el apóstol de la reforma—, y Dios es testigo de que darÃa hasta la última gota de mi sangre por vuestra conversión.