El Monasterio

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—Eso mismo digo yo. Un brazo como el vuestro solo debería defender las murallas de la Iglesia, en vez de utilizar el ariete para quebrantarlas y abrir la brecha por donde puedan entrar los que, ansiosos de riquezas, desean tener ocasión de entregarse al saqueo. Pero basta de divagaciones y hablemos de lo que interesa: si os envío prisionero a Santa María, pasaréis la noche en un calabozo y mañana os ahorcarán. Si os pongo en libertad, falto a los deberes que me impone la Santa Iglesia, y a los votos solemnes que he hecho. ¿Consentís en quedar prisionero bajo vuestra palabra, suceda lo que suceda? ¿Prometéis solemnemente presentaros ante el abad y el cabildo de Santa María al primer aviso y no alejaros de esta casa más que un cuarto de milla? Tal confianza me inspiran vuestra palabra y buena fe, que os dejaré aquí en relativa libertad, si aceptáis la obligación de comparecer ante nuestro tribunal supremo.

—No acostumbro hipotecar mi libertad ni hacer promesas —repuso Warden—; pero, como estoy en vuestro poder, y tenéis derecho a exigirme una respuesta, os prometo no pasar del límite convenido y de comparecer cuando me manden hacerlo, disponiendo a mi albedrío de la libertad que me queda. Acepto, pues agradecido vuestra oferta, y reconozco honradamente vuestra cortesía.


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