El Monasterio
El Monasterio —¡Ah! —exclamó el subprior—. Olvidaba una condición importante: es preciso que me prometáis también no abusar de la libertad de que vais a disfrutar para predicar y enseñar directa o indirectamente ninguna de vuestras inmundas herejÃas.
—Entonces no acepto —di jo Warden con firmeza—. ¡Desgraciado de mà si dejo de predicar el Evangelio!
El padre Eustaquio, al oÃr esta contestación, púsose a pasear de nuevo por la sala, hasta que, al fin, murmuró en voz baja:
—¡Maldita sea vuestra insensata terquedad!, —y después, deteniéndose de pronto, volvió a argumentar:
—Esta negativa es una locura, Wellwood; y para convenceros emplearé vuestro mismo raciocinio. Puedo cargaros de hierros y sepultaros en un calabozo donde nadie podrá escucharos. Por lo tanto, al hacerme la promesa que os exijo, no prometéis más que lo que os es imposible rehusarme.
—Cierto que podéis encerrarme en un calabozo; pero ¿quién sabe si mi Maestro no me prepara allà una buena cosecha? Las cadenas de los santos han servido más de una vez para romper las del demonio; y dentro de su prisión el beato San Pablo convirtió a su carcelero y a toda su familia.