El Monasterio
El Monasterio —Si os comparáis al santo apóstol —replicó el subprior con cólera y desprecio—, pongamos término a nuestra conferencia, y disponeos a sufrir el castigo que merecen vuestra obstinación y vuestra herejÃa.
Y, luego, dirigiéndose a Cristián, ordenó:
—Atadle.
Aceptando con orgullo su suerte, y mirando al fraile con expresión de superioridad, el predicador presentó sus manos para que se las ataran.
—No temáis lastimarme —dijo al merodeador, que dudaba si debÃa apretar o no las cuerdas.
El subprior habÃase bajado la capucha hasta los ojos como para ocultar la emoción que experimentaba.
Un gran ruido que en aquel momento se produjo a la puerta de la torre distrajo al padre Eustaquio de las reflexiones a que acababa de entregarse, y Eduardo se precipitó en la estancia con el rostro encendido y los ojos animados.