El Monasterio

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CAPITULO XXXII

«Vayamos en seguida al monasterio, donde, envuelto en tosco sayal, pueda disfrutar de la paz del alma, lejos de las pompas y vanidades del mundo.

»Si mi memoria evoca allí alguna vez el recuerdo de mi amada, solo será para pedir a Dios que la haga muy feliz».

(La Cruel Lady de las montañas).

—¡Mi hermano vive, reverendo padre! —exclamó Eduardo al entrar—. Vive, y volveremos a verlo, pues en el Corri-nan-shian no hay sepultura alguna ni el menor vestigio de ella. La tierra no ha sido removida, y en torno de la fuente el césped está tan verde y tan hermoso como siempre. ¡Loado sea Dios! ¡Mi hermano vive!

La vehemencia del joven, la vivacidad con que se expresaba, sus ojos encendidos, sus ademanes y algunos de sus rasgos, le recordaron a Warden a su guía de la víspera, Alberto Glendinning. Los dos hermanos tenían algún parecido, aunque el mayor fuera más alto, más vigoroso y más ágil que Eduardo, y este tuviera un aspecto más apacible y reflexivo.


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