El Monasterio

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—Hace ya dos horas que lo podíais haber hecho si hubierais querido creerme —dijo Cristián—; pero, por lo visto, dais más crédito a un viejo que destila el veneno de la herejía, que a un bravo hombre que no emprende ninguna expedición a las fronteras sin rezar antes un padre nuestro.

—Id, pues —insistió el padre Eustaquio a Eduardo—, id a comunicar a vuestra madre que la sepultura le ha devuelto a su hijo, como sucedió en Sarepta con el hijo de una viuda, por la intercesión —añadió mirando a Warden— del beato San Benito, patrón de nuestra Orden, a quien he invocado en su favor.

—Estando vos en el error, no es extraño que intentéis arrastrar a él a los demás —replicó Warden—. No era a un muerto, no era a una criatura de barro a quien invocó el bienaventurado profeta, cuando, conmovido por las dolorosas lamentaciones de la sunamita, pidió al Todopoderoso que el alma del niño volviera a reanimar su cuerpo.

—Sin embargo, por intercesión se hizo el milagro; pues, como dice la Vulgata: «El Señor oyó la plegaria de Elías, y el alma del niño volvió a su cuerpo». ¿Creéis, acaso, que la intercesión de un santo que participa de la gloria eterna sea menos poderosa ante Dios que cuando se encuentra en la tierra, y solo se ve por los ojos de la carne?


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