El Monasterio

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Eduardo mostrábase cada vez más impaciente y emocionado. Contra su costumbre, interrumpió al padre Eustaquio, a quien no le disgustaba la controversia, para rogarle que le concediera en seguida, y a solas una entrevista.

—Llevaos al prisionero —ordenó el subprior a Cristián—; vigiladlo para que no se fugue; pero que no se le infieran insultos ni malos tratamientos: os hago responsable.

Ejecutada esta orden, Eduardo Glendinning se quedó solo con el fraile, que le dirigió la palabra en los términos siguientes:

—¿Qué tenéis, Eduardo? ¿Por qué me habéis interrumpido en el momento en que iba a confundir a un hereje con mis poderosos argumentos? ¿Por qué, sobre todo, no os habéis apresurado a ir a enjugar las lágrimas de vuestra afligida madre, notificándole que su hijo vive aún?

—Si ha recobrado un hijo, va a perder otro.

—¿Qué queréis decir, Eduardo? Explicaos.

—Padre —contestó el joven arrodillándose ante él—, os confesaré mi vergüenza y mi pecado, y veréis la penitencia que me he impuesto.


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