El Monasterio

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—No os comprendo, hijo mío. ¿Qué podéis haber hecho para acusaros de tal modo? ¿Acaso habéis escuchado al demonio de la herejía, al tentador más peligroso para los que, como el desdichado que acabáis de ver, se distinguen por su amor a la ciencia?

—Nada tengo que reprocharme en ese concepto, padre: no me permito tener en materia de religión opiniones diferentes de las que me habéis enseñado.

—¿Qué es entonces lo que os perturba vuestra conciencia? Decidlo, para que os pueda consolar. La misericordia de la Iglesia es grande para los hijos obedientes que acatan su autoridad.

—Oídme, pues. Mi hermano Alberto, ese hermano tan bravo, tan bueno, tan afectuoso, que no pensaba, hablaba ni obraba más que por cariño a mí, y cuya mano me prestaba ayuda en todas mis dificultades, velando por mí como el águila vela por sus aguiluchos cuando emprenden el vuelo por vez primera, es la causa de mi horrible desesperación. Cuando creí que había muerto, me alegré, y, al saber que vive aún, me he entristecido.

—¿Estáis loco, Eduardo? ¿Qué motivo ha podido induciros a esa ingratitud tan odiosa? Os equivocáis respecto a la naturaleza de vuestros sentimientos. Vaya, hijo mío, rezad vuestras oraciones; procurad calmar vuestra agitación, y volveremos a hablar de esto en otra ocasión.


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