El Monasterio

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—No padre, no, exclamó Eduardo con vehemencia. ¡Ahora o nunca domaré este corazón rebelde! ¡Haberme equivocado respecto a la naturaleza de mis sentimientos! No, padre, no se confunde la tristeza con la alegría. Todos estaban desesperados en torno mío: mi madre, los sirvientes y ella, ella, la causa de mi crimen; todos lloraban, y yo no podía ocultar mi bárbara alegría bajo la apariencia de una sed de venganza. Hermano, decíame, no puedo darte lágrimas, pero te daré sangre. Sí, padre, yo contaba las horas vigilando al caballero inglés, y cada vez que las oía sonar, pensaba: «¡Una hora más cerca de la felicidad!».

—No os comprendo, Eduardo; no comprendo por qué la supuesta muerte de vuestro hermano haya podido inspiraros una alegría tan contraria a la lev de la Naturaleza. ¿Acaso el deseo de suceder en sus posesiones…?

—¡Desprecio todas las miserables riquezas del mundo! —replicó Eduardo con emoción que iba en aumento—. No, padre, es el amor, el amor a María Avenel, el que me ha inspirado estos sentimientos que me horrorizan.

—¡A María Avenel! ¡A una joven de linaje tan superior al vuestro! ¿Cómo es posible que Alberto, cómo es posible que vos hayáis alzado los ojos hacia ella más que para honrarla y respetarla?


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