El Monasterio

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—¡En nombre de Nuestra Señora —exclamó el padre Nicolás—, no hagáis nada precipitadamente! Recuerdo que el digno abad Ingilram, al ser atacado de una enfermedad grave (y entonces tenía noventa años, puesto que se acordaba de la destitución de Benedicto XIII), algunos de nuestros hermanos le dieron a entender que debía renunciar el cargo. Él, que era un hombre muy gracioso, contestó: «Mientras tenga en mi dedo pequeño fuerza para sostener el báculo, lo conservaré».

El padre Felipe hizo también al superior algunas observaciones respecto a aquella resolución, que atribuyó a un exceso de modestia. El abad les escuchó en silencio, pero no quedó convencido.

—Aunque he guardado silencio —dijo entonces el padre Eustaquio— acerca del talento de que vuestra reverencia ha dado pruebas en la administración de esta santa casa, no los he desconocido. Sé que nadie ha dado mayores pruebas, en las altas funciones que habéis desempeñado, de un deseo más sincero de hacer el bien. Aunque no habéis tenido esos grandes rasgos que han distinguido a algunos de vuestros predecesores, tampoco habéis revelado los defectos que se pueden encontrar en la conducta de aquellos.

—Creía —repuso el abad mirando sorprendido al subprior— que el padre Eustaquio sería el último en hacerme justicia.


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