El Monasterio
El Monasterio —Os la haré más completa en vuestra ausencia. La buena opinión que habéis merecido no la perdéis por resignar el cargo en el momento en que vuestros cuidados son más necesarios.
—Hermano mÃo, estos cuidados serán confiados a unas manos mucho más hábiles que las mÃas.
—No digáis eso, reverendo abad. No es preciso que abdiquéis para que la comunidad disfrute de los pocos talentos y la poca experiencia que yo poseo. Las cualidades de cada uno de nosotros son propiedad de la congregación, y deben ser empleadas en su beneficio. Si no deseáis encargaros personalmente de este enojoso asunto, marchaos a Edimburgo, solicitad el apoyo de nuestros amigos en favor nuestro, y confiadme la misión de defender como subprior los dominios de Santa MarÃa. Si salgo bien de la empresa, recoged todo el honor y toda la gloria; si perezco, ¡que la vergüenza y la humillación sean para mà solo!