El Monasterio
El Monasterio —No, padre Eustaquio —contestó el abad después de reflexionar un momento—, vuestra generosidad no ha de hacerme variar de resolución. En tiempos como estos, el gobierno de esta casa necesita una mano más firme que la mÃa; y yo me avergonzarÃa de recoger una gloria que no me pertenece. Empezad esta noche a ejercer vuestra autoridad. Convocad el cabildo para mañana después de misa, y pondré en práctica mi resolución. Recibid mi bendición, hermanos; que la paz de Dios, sea con vosotros, y ¡ojalá pueda el abad de mañana dormir tan tranquilo como el abad que deja de serlo hoy!
Terminado este discurso se retiraron profundamente conmovidos.