El Monasterio
El Monasterio El padre Bonifacio acababa de mostrarse muy diferente de lo que había sido hasta entonces. El mismo padre Eustaquio, que había tenido a su superior por persona fácil, indulgente, aficionada a las comodidades, y cuyo mérito más notable era no tener grandes defectos, veía con admiración el sacrificio que hacía de su autoridad al sentimiento de su deber, pues, aun suponiendo que el temor de los acontecimientos que podían ocurrir influyera algo en su resolución, se realzaba considerablemente en concepto del subprior, que experimentaba alguna repugnancia en aprovecharse de la renuncia del abad. Sin embargo, este sentimiento cedió pronto en beneficio de la Iglesia, pues no se le ocultaba que el abad Bonifacio no era de ningún modo el hombre a propósito para resolver los problemas que se avecinaban, y que él, obrando en calidad de subprior, no podía adoptar las disposiciones vigorosas y decisivas que exigían las circunstancias. El interés de la comunidad le imponía, pues, el deber de aceptar las funciones de superior, y si bien es verdad que el secreto triunfo que experimentan las almas bien templadas cuando tienen que luchar contra las dificultades y los peligros, intervino su resolución, procedía desinteresadamente por razones que él mismo no trataba de explicarse, y que nosotros no hemos de descubrir.