El Monasterio
El Monasterio —Si encontrara a Alberto Glendinning —pensó—, lo nombrarÃa jefe de nuestras tropas, a pesar de su juventud y su falta de experiencia, y confiarÃa algo más en la ayuda de Dios. El bailÃo es viejo, está enfermo, y no hay más que Avenel para desempeñar este puesto.
Y golpeando la mesa con un martillo que estaba al alcance de su mano, mandó venir a Cristián de Clint-hill.
—Me debéis la vida —le dijo cuando aquel se presentó—; me deberéis más aún si sois sincero conmigo.
Cristián habÃa vaciado ya un frasco de vino, circunstancia que en cualquiera otra ocasión hubiera aumentado su familiaridad insolente; pero el aspecto del padre Eustaquio lo contuvo. Sin embargo, sus respuestas fueron formuladas con la audacia imperturbable que lo caracterizaba, después de prometer al fraile que contestarÃa con lealtad a todas sus preguntas.
—¿Existe algún lazo de amistad entre el barón de Avenel y sir Juan Fóster? —preguntó el subprior.
—El mismo que puede haber entre un gato montés y un perro de caza.
—¿Querrá vuestro amo encargarse de combatirle?
—Sin la menor duda.
—¿Aunque sea en defensa de la Iglesia?