El Monasterio
El Monasterio El común disponía de inmensas praderas situadas en los valles, en que, durante el verano, pastaban los ganados.
Por las mañanas, un pastor conducía los rebaños de la comunidad, y regresaba al anochecer para evitar sorpresas de los merodeadores de los contornos.
Este relato sorprenderá a los actuales arrendatarios; pero es lo cierto que tales costumbres existen aún, con alguna ligera modificación, en varias regiones de la Gran Bretaña, y subsiste en todo su vigor en el archipiélago de Nueva Zelanda.
Las viviendas de los feudatarios de la iglesia respondían a su procedimiento de cultivo de la tierra. En cada pueblo construíanse varias torrecillas cuyos muros, guarnecidos de almenas, formaban a veces dos ángulos. La entrada se cerraba siempre con una puerta de encina muy espesa guarnecida de grandes clavos, y, a veces, era también defendida por otra segunda puerta exterior forrada de hierro.
En esta especie de castillos fuertes habitaban los poseedores de los principales feudos y sus familias; pero, tan pronto como se advertía la aproximación de algún peligro, todos los individuos de la agrupación se refugiaban en ellos y constituían su guarnición.