El Monasterio
El Monasterio Ningún escocés, en aquella época, aun siendo de condición más elevada que Glendinning, habría rehusado la oferta, sobre todo cuando el buhonero, con aire misterioso, presentó un cuerno que llevaba suspendido a la espalda lleno de una bebida desconocida para el hijo de la señora Elspeth, pues los licores fuertes que se bebían en el sur de Escocia procedían de Francia, y no eran de consumo general. Cada viajero bebió un buen trago, y el buhonero, después de elogiarlo y de decir que lo había adquirido en su último viaje a las montañas de Doune, donde había traficado bajo la protección del laird de Buchanan, concluyó por vaciarlo brindando por la caída del Anticristo.
No habían hecho más que terminar su frugal comida, cuando vieron elevarse a lo lejos una nube de polvo, y poco después distinguieron una docena de jinetes que avanzaban a buen paso, y cuyos cascos y lanzas despedían reflejos metálicos al ser heridos por los rayos del sol.
—Deben ser los exploradores del ejército de Murray —dijo el buhonero—; ocultémonos para que no nos vean.
—¿Por qué? —preguntó Alberto—. ¿Por qué no nos acercamos a ellos?