El Monasterio

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—¡No lo quiera Dios! ¡Cómo! ¿Tan poco conocéis las costumbres de nuestra nación? Este pelotón de lanzas que forma vanguardia del ejército estará mandado por un oficial subalterno que no temerá a Dios ni a los hombres, y aunque solo se le haya dado orden de atacar a las partidas enemigas que encuentren, son unos ladrones de camino. Vuestra carta no os serviría para nada, y mi mercancía despertará su codicia. Nos quitarían hasta la ropa y nos arrojarían en alguno de estos estanques, desnudos y con una piedra al cuello. Murray no se enteraría de esto, y, aunque llegara a enterarse, no podía ya remediarlo. Creedme, cuando los hombres levantan el hierro uno contra otro en su propio país, cierran los ojos para no ver la conducta de los que les prestan su lanza.

En consecuencia, decidieron dejar pasar la vanguardia, y poco después otra nube de polvo, más espesa que la primera, anunció la llegada del ejército principal.

—Ahora, bajemos al camino —dijo el buhonero—, pues la marcha de un ejército se parece a una serpiente; la cabeza está armada de dientes y la cola tiene un fardo; solo el cuerpo puede tocarse sin peligro.

Y, diciendo esto, cogió a Alberto del brazo.


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