El Monasterio
El Monasterio No tardaron en llegar al camino, donde se encontraron con el ejército de Murray. Trescientos jinetes, aproximadamente, marchaban juntos y en buen orden; no estaban uniformemente vestidos, pero la mayoría llevaban traje azul y todos una coraza. Casi todos los jefes ostentaban una armadura completa, y los demás ese traje medio militar, que por prudencia los hombres de condición en aquellos tiempos de revueltas se creían obligados a vestir siempre. Los que iban a la cabeza se acercaron a los dos viajeros y les preguntaron quiénes eran. El buhonero contó su historia y Glendinning mostró su carta, que fue entregada en el acto a Murray.
Un momento después se oyó la voz de ¡alto!, y se concedió a la tropa una hora para refrescar y para que descansaran los caballos. Se prometió al buhonero protección; pero se le ordenó que se retirara a retaguardia. Dio un apretón de manos a su compañero, y, despidiéndose de él, le expuso sus temores y recelos.
Glendinning fue conducido a una pequeña eminencia, donde había una alfombra extendida en el suelo, y los jefes, sentados en círculo, hacían una comida tan frugal, como la que Alberto acababa de hacer con el buhonero.