El Monasterio
El Monasterio El arroyo, a veces contenido en su lecho y otras completamente libre, arrastraba sus límpidas y tranquilas aguas, avanzando a su destino, a pesar de los obstáculos que surgían a cada paso y que no hacían más que retrasar su curso, a semejanza de los hombres dotados de un carácter resuelto que se abren paso en la vida sin desmayar ante las dificultades insuperables; o como el marino, que consigue hacer que avance su nave a pesar de ser esta impelida por un viento contrario.
Álzanse las montañas casi perpendicularmente por el lado del valle, despojadas, por los torrentes, de la poca tierra que las cubría, presentando una superficie grisácea en la que se destacan algunos pequeños árboles diseminados a lo largo de los barrancales y de los sotos, y que, en los sitios privilegiados, se han salvado de los voraces dientes de las cabras o de la podadera de los pastores.
Algunas de estas montañas, más elevadas que las demás, llevaban hasta las nubes sus cumbres peladas y estériles, cuya majestad contrastaba con los macizos de robles, de álamos, de pobos y de espinos que crecían en sus laderas, y con el verde y frondoso césped que alfombraba el fondo del valle.