El Monasterio
El Monasterio Más allá de la colina, que servÃa de asiento a esta torre, las montañas se unen cada vez más, son más agrestes y terminan en una extraña catarata, que no es otra cosa que un chorro de agua que cae de precipicio en precipicio, desde una prodigiosa altura.
Detrás de esta cascada, se extiende a lo lejos un pantano, solo frecuentado por aves acuáticas, que ponÃa a los habitantes del pequeño valle al abrigo de las incursiones de sus vecinos del Norte.
Los intrépidos merodeadores conocÃan, sin embargo, los parajes accesibles, se refugiaban en ellos y se internaban con frecuencia en el valle, llegando hasta la torre en demanda de hospitalidad, que se les concedÃa de mala gana, y más por temor que por complacencia.
No siempre habÃan imperado en la torre de Glendearg temperamentos de paz y de concordia, pues Simón Glendinning, último poseedor de dicho feudo, vanagloriábase de proceder de la antigua familia de Glendonwyne, originaria de las fronteras occidentales de Escocia, y, sentado al amor de la lumbre, se complacÃa en narrar las hazañas de sus antepasados, uno de los cuales murió peleando al lado del bravo conde de Douglas, en el combate de Otterbourne.