El Monasterio
El Monasterio Stawarth Bolton no iba descaminado al hacer aquella pregunta: Alberto Glendinning, el mayor de los chiquillos, tenÃa los cabellos negrÃsimos; grandes ojos, también negros, atrevidos y penetrantes; cejas muy espesas y tez morena, y revelaba una resolución mucho mayor de lo que podÃa suponérsele a su edad. Eduardo, por lo contrario, tenÃa cabellos rubios, ojos azules y tez blanca; su rostro revelaba tanta dulzura, que rayaba en timidez.
La madre, después de mirar amorosamente a sus dos hijos, contestó:
—SÃ, señor; los dos son hijos mÃos.
—¿Y del mismo padre?, no os ofenda esta pregunta, señora, pero es la misma que harÃa a cualquiera dama inglesa. Pues bien, son dos hermosos muchachos, y deberÃais darme uno, porque yo no tengo ninguno. Vamos, ¿quién de vosotros quiere venirse conmigo?
La madre, temblando, e ignorando si hablaba en serio o en broma, cogió a sus hijos por la mano y los atrajo hacia sÃ.
—Yo no iré con vos —se apresuró a responder Alberto, porque sois inglés, y los ingleses han matado a mi padre. Cuando yo pueda llevar su espada, os haré la guerra hasta morir.