El Monasterio
El Monasterio —Muchas gracias, pequeño guerrero —respondió el capitán, sonriendo—. La sangre que lleváis en las venas es realmente escocesa. Y vos, niño rubio, ¿queréis veniros conmigo? Os enseñaré a montar a caballo.
—No —contestó Eduardo tranquilamente.
—¿Por qué?
—Porque sois hereje.
—Os doy también las gracias. Pues bien, señora, estoy convencido de que no haré reclutas en vuestra familia, a pesar de lo cual os envidio a vuestros dos ángeles… Pero no deseo llevármelos, porque serÃan motivo de constantes disputas con mi esposa. Yo preferirÃa a ese diablillo de ojos negros, y ella no se ocuparÃa más que de ese rubito de ojos azules; pero comprendo que es forzoso resignarse, prescindir de lo que el Cielo nos ha negado y felicitar a los que son más dichosos. Sargento Brittson, te quedas aquà hasta nueva orden; protegerás a esta familia como si estuvieran bajo mi salvaguardia; no le ocasiones ningún perjuicio, y no permitas que nadie la perjudique tampoco, pues te haré responsable. Señora, Brittson es honrado padre de familia; no le dejéis carecer de nada, pero impedirle que beba demasiado.