El Monasterio

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Elspeth Glendinning reiteró su ofrecimiento de obsequiar a la tropa, aunque deseando vivamente que su invitación no fuese aceptada. Temiendo que sus dos bellos hijos, tan admirados por el capitán, le fueran arrebatados, los tenía cogidos de la mano, como para resistir a la violencia si se recurría a este medio. Así, pues, no pudo contener un movimiento de júbilo cuando vio que el destacamento se disponía a retirarse.

Bolton, que advirtió lo que pasaba en el corazón de la madre, díjole:

—Señora, os perdono el temor que experimentáis suponiendo que un halcón inglés va a arrojarse sobre vuestra nidada; pero, tranquilizaos; un hombre honrado no arrebata el bien a su prójimo. Quedad con Dios. Cuando ese pillete de ojos negros pueda manejar las armas, enseñadle, por si algún día pisa el suelo inglés, a respetar a las mujeres y a los niños, recordando a Stawarth Bolton.

—¡Que el Cielo os ampare, generoso hombre del Sur! —contestó Elspeth, que volvió a tranquilizarse al ver que el capitán, poniéndose al frente de su escasa tropa, tomaba por el sendero que conducía fuera del valle.

—Madre mía —dijo Alberto—, me es imposible asociarme a una plegaria hecha en favor de un hombre del Sur.


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