El Monasterio
El Monasterio Careciendo de los móviles que impulsan a la mayor parte de los jóvenes a seguir la carrera de las armas, e importándome poco ser héroe o dandy, ignoro en absoluto por qué elegí la profesión militar, a menos que me la inspirara la dichosa indolencia en que vive, gracias a su medio sueldo, el capitán Doolittle, quien había plantado su pabellón de descanso en mi pueblo, donde todos los demás vecinos tenían, o parecía que tenían algo que hacer. Es verdad que no iban a la escuela, que era para mí el peor de los males; pero, aunque niño, veía que todos, excepto el capitán Doolittle, tenían alguna ocupación. El clérigo visitaba su parroquia y preparaba sus sermones, aunque muchas veces producía más ruido que utilidad. El laird vigilaba su hacienda y sus tierras, asistía a las asambleas de administradores de la parroquia, a las de tenencia del condado y a otras; se levantaba temprano, cosa que nunca ha sido de mi gusto, y recorría los campos soportando el viento y la lluvia. El comerciante (pues en la aldea solo había uno que mereciera este nombre) permanecía constantemente detrás de su mostrador, y cuando llegaba un parroquiano revolvía toda la tienda para buscar una vara de muselina, una ratonera, una onza de carvi, un ciento de alfileres, los Sermones de mister Peden, o la Vida de Jack, el Domador de Gigantes, y no el Matador de Gigantes, como generalmente se dice y se escribe sin fundamento alguno. (Véase mi Ensayo acerca de la verdadera historia del citado héroe, cuyas hazañas desnaturalizó la fábula, exagerándolas). En resumen, todos en el pueblo estaban ocupados en algo, menos el dichoso Doolittle, que por la mañana paseaba por la calle Mayor, luciendo su traje azul, con cuello rojo, y por la noche jugaba al whist, si tenía con quien. Esta vagancia me parecía tan deliciosa, que probablemente fue la que me impulsó a abrazar la profesión que estaba llamado a ilustrar.
