El Monasterio

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—Nos han dejado completamente arruinados y no nos queda más recurso que mendigar —dijo Martín retorciéndose los brazos en la amargura de su desconsuelo—. ¡Ladrones! ¡Salteadores! ¡No habernos dejado una sola res!

—¡Y haber visto a nuestras vacas Grizzy y Crummie volver la cabeza al establo, mugiendo de pena —agregó la mujer—, mientras esos bandidos, esos corazones de piedra las golpeaban para que anduviesen!

—Y, sin embargo, ¡no eran más que cuatro! En otros tiempos cuarenta no se hubieran atrevido a aventurarse en estos parajes; pero hemos perdido nuestra fuerza y nuestro valor cuando perdimos a Nuestro Señor.

—Por el amor de la Santa Cruz, hablad más bajo, Martín; nuestra pobre señora se encuentra medio muerta, y, si os oyera, la pena acabaría de matarla.

—Es preferible que muramos todos, pues no sé lo que va a ser de nosotros. Nosotros… pasando muchos apuros, podemos hacer frente a la miseria, pero nuestra pobre señora…

El matrimonio hablaba con tanta libertad de su situación creyendo que la señora Avenel dormía en aquellos momentos, pero esta no perdía una sola palabra de la conversación.


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