El Monasterio
El Monasterio —Queda todavÃa un recurso —dijo MartÃn—, pero dudo que la señora lo acepte. A la viuda de Glendinning le han dado esos bandidos ingleses un salvoconducto, y ninguno de los invasores se atreverá a acercarse a la torre. Si nuestra ama se fuera a vivir con la señora Elspeth hasta que pasen estos malos tiempos, serÃa honrarla demasiado; pero…
—Seguramente serÃa una honra para toda su posteridad; pero una gran señora como la nuestra, ¿querrá refugiarse en casa de la viuda de un vasallo de la iglesia?
—¡Si hubiera otro medio! ¿Qué partido tomar? Permanecer aquà es morir de hambre. ¿Dónde ir? Ninguno de los carneros que me han sido confiados ha escapado al saqueo.
—No habléis más del asunto —dijo lady Avenel, interviniendo en la conversación—; me refugiaré en la torre de Glendearg. La señora Elspeth es, como yo, viuda y madre, y me dará asilo mientras dura este estado de cosas. ¡Dichoso el que, durante la tormenta, encuentra una cabaña donde refugiarse!
—¡Ea! —exclamó MartÃn—. Nuestra señora tiene mucho mejor sentido que nosotros.
—Eso no tiene nada de particular —repuso Tibb—, puesto que ha recibido buena educación.