El Monasterio

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—¿Creéis —preguntó lady Avenel estrechando a su hija contra su pecho, y mostrando de este modo la razón que la inducía a desear un asilo—, creéis que la señora de Glendinning nos recibirá?

—Seguramente —exclamó Martín—; de muy buena gana. Además, los brazo escasean a causa de las malditas guerras, y tanto Tibb como yo sabemos manejar los nuestros.

—Puedo hacer muchas cosas —agregó la compañera del pastor, irguiéndose— de hallarme en una casa rica; pero en la de la señora Elspeth no habrá encajes que remendar, ni cofias que necesiten ser adornadas.

—Vamos, mujer; no seas tan orgullosa: ya sabemos que eres capaz de hacer todo cuanto te propongas. Entre nosotros dos podemos ganar la subsistencia de tres, sin mencionar a la señorita. ¿Por qué no nos ponemos inmediatamente en camino? Tenemos que andar cinco largas millas a través de matorrales y pantanos, y no es paseo muy cómodo para una gran señora.

Los preparativos para la marcha quedaron pronto terminados. Se hicieron varios paquetes y se cargaron sobre un caballo viejo, que había escapado al pillaje de los saqueadores por haber corrido más que ellos. Había huido al bosque; pero, al reconocer el silbido de su amo, volvió. Martín vio con sorpresa que el pobre animal estaba herido, aunque ligeramente, por la flecha lanzada por uno de los merodeadores despechado.


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