El Monasterio
El Monasterio —¡Hola, Shagram! —decÃale al curarle la herida—. ¿Estás destinado a morir atravesado por una flecha como muchos bravos escoceses?
—¡Ay, ay! —exclamó lady Avenel—. ¿A qué rincón de Escocia no llegarán ellas?
—¡Que Dios libre a los escoceses de la flecha, que él sabrá defenderse de la espada! Vamos, en marcha; ya volveré por lo poco que queda aquÃ. No hay nadie en los alrededores; en cuanto a nuestras buenas vecinas…
—¡Por el amor de Dios, MartÃn —dijo Tibb—, reflexionad antes de pronunciar una palabra! Pensad en el trayecto que hay que recorrer hasta llegar a la torre de Glendearg.
MartÃn comprendió lo atinado de esas observaciones, pues era una gran imprudencia hablar de las hadas, ya llamándolas buenas vecinas, o aplicándolas otro cualquier nombre, sobre todo, cuando se tenÃa que pasar cerca del paraje en que se sospechaba que moraban aquellos fantásticos seres[8].
Pusiéronse todos en marcha. Era el dÃa 31 de octubre.
—Hoy es tu cumpleaños, MarÃa —dijo lady Avenel, besando a su hija—. Ay! ¿Quién hubiera creÃdo hace seis años, que la niña cuyo nacimiento inundó de placer a tantos amigos, tendrÃa hoy que buscar asilo en casa ajena?