El Monasterio
El Monasterio La zozobra del guía aumentó. La tierra estaba sembrada de matorrales, separados unos de otros por un suelo negro y poco seguro. Se detuvieron un momento. Martín exploró el terreno en una dirección determinada y, convencido de que podían continuar la marcha, aunque con algunas precauciones, cogió a Shagram por la brida para que no se apartara de la línea que, a su juicio, debían seguir; pero el caballo se resistió, enderezando sus orejas, encabritándose y oponiendo la mayor resistencia a su amo. Martín no sabía si emplear la fuerza para reducirle a la obediencia o ceder y buscar otro camino. La observación que le hizo su mujer a media voz, al ver que el animal relinchaba y temblaba de terror, no era para tranquilizarlo. Sin duda el instinto de Shagram le advertía que era peligroso aventurarse en la dirección que su amo pretendía obligarle a tomar.
En medio de estos apuros, María extendió de pronto sus manitas hacia el otro lado, exclamando:
—¡Por allí!, ¡por allí! ¿No veis aquella dama blanca que nos hace señas?
Todos se apresuraron a mirar en la dirección designada; pero solo distinguieron una ligera niebla que parecía salir de la tierra, acrecentando los temores de Martín. Nuevamente intentó obligar a Shagram a que avanzase; pero el caballo opuso cada vez mayor resistencia y fue imposible hacerle dar un paso.