El Monasterio
El Monasterio Pero ¿quién puede prever con exactitud lo que este mundo engañoso le reserva? Apenas había ingresado en el ejército, cuando tuve que reconocer que, si la independiente indolencia con que permite vivir la media paga es un paraíso, para llegar a disfrutarla es indispensable sufrir las penas del purgatorio del servicio activo. El capitán Doolittle podía cepillar su uniforme azul con cuello rojo o dejarlo lleno de polvo, a su elección; pero al alférez Clutterbuck no le era permitido escoger: el capitán podía dormir tranquilamente todas las noches, el alférez tenía que hacer su ronda; Doolittle podía quedarse en la cama hasta el mediodía; Clutterbuck tenía obligación de levantarse al amanecer. A pesar de mi indolencia tuve que viajar bastante, pues mi regimiento fue enviado sucesivamente a las Indias orientales, a Egipto, y a otros muchos lugares de los que no conocía ni el nombre. Después tuve que batirme con los franceses, resultando malparado del choque, en el que un maldito húsar me cortó de un sablazo dos dedos de la mano derecha, con tanta ligereza como hubiera podido hacerlo un cirujano de hospital. En fin, la muerte de una tía mía, muy anciana, que me dejó mil quinientas libras esterlinas, bien colocadas al tres por ciento, me permitió retirarme del servicio sin más molestias que la de ponerme cuatro veces al mes una camisa limpia y poder gastar una guinea.