El Monasterio
El Monasterio —¿Dónde está Cristián de Clint-hill? —preguntó MartÃn a MarÃa.
—¿Cristián de Clint-hill? —repitió la niña—. No sé, no lo he visto.
—Acercaos aquÃ, picaros —dijo Elspeth a sus dos hijos—, y decidme por qué habéis dado esos gritos y nos habéis asustado con esos cuentos.
Los pequeñuelos se miraron mutuamente con aire confuso, y guardaron silencio. Elspeth prosiguió:
—Y, además, ¡dar esa broma la vÃspera de Todos los Santos, precisamente cuando lady Avenel nos leÃa un pasaje piadoso! ¡Os castigaré severamente!
El niño mayor bajó los ojos; el más pequeño lloró, y MarÃa, acercándose a la señora Glendinning, suplicó:
—No les regañéis, señora Elspeth. Yo les dije que habÃa visto un hombre en el comedor.
—¿Y por qué les habéis dicho eso?
—Porque era verdad que habÃa visto en el comedor un hombre armado, y, atemorizada, se lo dije a Alberto y a Eduardo.
—Si MarÃa no me lo hubiera asegurado —replicó Alberto—, nada habrÃa yo dicho, puesto que no he visto a nadie.
—Ni yo —agregó Eduardo.