El Monasterio
El Monasterio —Señorita MarÃa dijo —Elspeth—, jamás habéis mentido y os mando que digáis la verdad, para que todo esto acabe. ¿Es verdad que habéis visto a alguien? ¿Era Cristián de Clint-hill? No quisiera que estuviera en casa sin saber dónde se oculta y qué viene a hacer aquÃ.
—Repito que he visto un hombre armado —repitió MarÃa—; pero no era Cristián de Clint-hill.
—¿Quién era, entonces?
—Era —contestó MarÃa balbuceando— un hombre con una brillante coraza de acero, igual a la que vi, hace mucho tiempo, en Avenel cuando vivÃamos en nuestro castillo.
—¿Cómo era? —preguntó Tibb interviniendo.
—TenÃa ojos, barba y cabellos negros; llevaba en el cuello varios hilos de perlas que le caÃan sobre la coraza; al costado larga espada con empuñadura de oro y piedras preciosas, y sobre el puño izquierdo un hermoso halcón con campanillas de plata.
—¡Por Dios, no le preguntéis más! —exclamó Tibb a Elspeth—. ¡Mirad a milady!
Lady Avenel, cogiendo a MarÃa de la mano, volvió la espalda y fuese con ella a la sala, por lo que no se pudo apreciar el efecto que le habÃan producido las respuestas de su hija.
Tibb, después de hacer varias veces la señal de la cruz, aproximose a Elspeth y le susurró al oÃdo: