El Monasterio

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—¡Que el Cielo nos proteja! ¡La niña ha visto a su padre!

Al volver a la sala, encontraron a lady Avenel besando efusivamente a su hija, a quien tenía sobre las rodillas; pero se levantó inmediatamente y se retiró a la pequeña habitación que le servía de dormitorio para substraerse a todas las miradas.

Los niños fueron enviados a sus aposentos, los criados se retiraron a los suyos, incluso Martín, quedando solo cerca de la lumbre la señora Elspeth y la fiel Tibb, ambas excelentes personas, pero tan habladoras que no tenían nada que envidiar a las comadres más charlatanas de la Gran Bretaña.

Naturalmente, el tema de su conversación fue la aparición extraordinaria que acababa de alarmar a todos en la casa.

—Es preferible —dijo la señora Glendinning— que se hubiera aparecido el diablo en persona, antes que Cristián de Clint-hill, el saqueador más grande que maneja lanza.

—¡Oh señora Elspeth! —contestó Tibb—. No temáis nada de Cristián, pues hasta los sapos cuidan de hacer limpieza en sus agujeros; pero los que pertenecéis a la iglesia, no perdonáis a esas pobres gentes. Los lairds de las fronteras no tomarían las armas, si esos bravos muchachos no los tuvieran en constante zozobra.


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