El Pirata
El Pirata Cuando Norna llegó a la casa de Triptolemo la tempestad había aplacado un tanto sus furores, pero tan pronto como aquélla estuvo en compañía de los que las circunstancias y la casualidad habían reunido, volvió a desencadenarse el huracán tan violentamente, que espantó a todos haciéndoles temer que el edificio se desplome sobre ellos.
La señora Baby reveló su terror, exclamando:
—¡Oh Dios mío! ¡Apiadaos de nosotros y sed nuestro amparo! ¡Aquí vamos a perecer todos! ¡Qué país es éste, en que habita una raza tal de vagabundos y miserables aventureros! Y vos, viejo loco —añadió dirigiéndose a su hermano, con la aspereza y aire duro que le eran peculiares— ¿qué necesidad teníais de dejar aquella hermosa tierra de Mearns para venir a un país donde sólo hay desvergonzados mendigos y vagabundos insolentes que asaltan nuestra misma casa, mientras que el Cielo nos amenaza con su cólera?
—Paciencia, mi querida Baby, paciencia —respondió Triptolemo—; todo esto cambiará, todo se mejorará, excepto —continuó murmurando en voz baja— el áspero humor de una mujer perversa, más difícil de soportar que el rigor de la tormenta.
